domingo, 22 de abril de 2012

OTRO CUENTO DE AGUSTÍN

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EL VIAJE DE LOS OLVIDADOS

clip_image002 Era una noche clara. La media sonrisa de la luna no empañaba la visión de miles de rutilantes estrellas que allá en lo alto nos hablaban de mundos insospechados. Sin embargo toda esa magnitud era tan solo una ínfima parte del universo, solo un anticipo del inmenso todo: la gran obra del Creador.

clip_image002[1] Esperando la barca que les conduciría al otro lado, esta noche solo habían tres personas. Su semblante respiraba paz y bondad, en sus miradas brillaba la esperanza a la vez que un cierto temor a lo que el destino a partir de ahora les iba a deparar. Juan parecía el más mayor. Enjuto de ojos claros, cara huesuda, con las arrugas de haber vivido una vida nada fácil. Lo peor para él no era la guerra y el haber combatido en el bando de los perdedores, era toda la posguerra con la hambruna y la persecución, inevitablemente estas secuelas le habían dejado hondas cicatrices. Partió al frente con apenas 20 años y volvió con cerca de 30, pero con el alma envejecida en cien años. Se casó tuvo 2 hijos y estos le dieron 5 nietos y su vida transcurrió sencilla viendo como cada día todo lo que el había conocido todo su mundo hecho de buenas costumbres y unas normas rígidas, se derrumbaba poco a poco ante él.

clip_image002[2] Rosa era la más joven y la única mujer del grupo. clip_image004Había tenido la suerte de descubrir el amor y a la vez ser correspondida. El primer día que vio a aquel chico supo que seria el hombre se su vida. Aún recordaba la primera que hicieron el amor en un atardecer de otoño cuando casi el sol se ponía. Los brazos de su hombre la arroparon para siempre y sus palabras sonaron a música celestial en sus oídos. Fue el día más feliz de su vida, al que siguieron muchos más pero ninguna como el de aquella tarde de finales setiembre.

clip_image002[3] Enemérito, le pusieron el mismo nombre de su abuelo uno de los primeros emigrantes de su país que volvió de tierras lejanas habiendo echo fortuna, estudió medicina y era unos de los más eminentes cirujanos de reconocida fama mundial. Pese a todo su renombre y saber no pudo evitar que su hijo, un niño de apenas 8 años se le muriese en la sala de operaciones. A partir de aquel día la tristeza se apoderó de él y jamás volvió a ser el hombre alegre que había sido.

clip_image002[4] En el silencio de la noche el chapoteo de unos remos que se acercaban alejó al extraño grupo de los propios pensamientos en que se habían sumido. Un farol iluminaba el embarcadero donde la barca amarró y de ella descendió un hombre que se cubría la cabeza con una capucha, de edad incierta. Les ayudó a subir uno a uno y con una sonrisa les acomodó en los asientos de madera. Al poco de alejarse de la orilla una niebla les envolvió. Apenas se divisaba nada pero viendo la pericia y seguridad del barquero ninguno se asustó. Si hace un rato los tres pasajeros tenían miedo al viaje, éste se fue disipando lentamente al ver aparecer gradualmente ante ellos una luz cada vez mas blanca, que a cada golpe de remos se hacia mas intensa, más viva.

clip_image002[5] Sin mirar ninguno atrás se iban alejando lentamente de la orilla. Su interior les decía que iban camino de algo grande, desconocido pero lleno de VIDA. Atrás dejaban el mundo que conocían y del que ya nadie los recordaba. Quizás era por el tiempo transcurrido o quizás porqué todos sus seres conocidos habían muerto como ellos.

clip_image003Agustí FONT

12 de enero de 2003